Capítulo I
Tan sólo acerté a ofrecerle una taza de café con la egoísta intención de sumar distancia a nuestros cuerpos y conseguir que se sentara a la mesa. Debía frenar su naciente afecto. Se posó en su silla cansada, con la mirada llena de ojeras, su espalda sin fuerza, vaivenes de su cuello, deseaba sujetarla… me detuve. Intenté explicárselo. Le hablé de lo diferente que suenan en mi cabeza palabras como Amor, pasión, convivencia… le intenté explicar cómo esas palabras permanecen cansadas fuera de mis murallas… hace tiempo que estoy sitiado y las palabras tienen la culpa. No me entendió ¿Cómo hacerlo? Siempre fue inútil. Ella se encendía y apagaba al ritmo del letrero luminoso de la acera de enfrente. Ella de neón. En cambio yo sentía la lucidez de quien se siente apoyado por la divinidad. Yo sabía de su pasión, de su ansia de mí… y a la vez podía verla desde la altura con la que un padre observa a su hijo montar por primera vez en bicicleta: sabía que se iba a caer, y que al levantarse me iba a mirar sorprendida, pequeña, ridícula preguntándose «¿Por qué no me has avisado?» Yo quiero avisarte mi niña. Intento hacerme entender pero tu razón se esconde tras un tupido cortinaje ¿Y si me dejo llevar? ¿Y si abandono mi torpeza al pensarnos, al pensarte, y simplemente me dejo arrastrar?… «Seguro que a ti no te molestaría ser mi río, mi corriente.» Tampoco ahí me entendiste. Lentamente pasé mi mano por un mechón de su pelo y, al oído,… «Vámonos a casa. Quiero hacerte el amor.»
Salimos del bar y ahora no recuerdo siquiera si pagamos. Callejeamos. Me perdí. Pasamos dos veces por la misma esquina y a la tercera me empujaste contra la pared oscura. Tus labios, lengua, pasión en mi boca ¿Por qué siempre me sorprenden tus ataques? Siempre tardo unos segundos, esos segundos vitales que permiten que se escape la gacela, esos segundos que nunca tengo y no me dejan responder con tu misma fuerza apasionada. Uno, dos, tres segundos…me dejo llevar. Mis manos bucean buscando tu piel. Alcanzan tus pechos y los secuestra. Mi boca muerde tu cuello. Te giro. Tú, mi cuerpo y la pared. Tú gimiente. Tú ardiente al bajar mi mano entre tus piernas. Tú, sexo, sexo, sexo... dónde quedan ahora mis intenciones de instalar distancia entre nosotros. Para qué ese esfuerzo en ajustar mis palabras, en medir cada pensamiento, cada mirada… ya nada sirve, mi niña. Tu corriente me arrastra y yo me ahogo, me ahogo porque nunca supe nadar entre tus aguas… qué lejos quedan ahora las márgenes de tu cuerpo. Déjame asirme a la roca más cercana. Déjame escapar a mi naufragio. Intenta entender ahora mis palabras.
La tormenta paró en aquella esquina con la sonrisa de tus labios… siempre me gustó que sonrieras tras el sexo. La ropa mal puesta, tu pelo revuelto, el color en tus mejillas, y la llegada a mi casa con ese silencio hosco y pesado que queda tras el sexo apasionado… porque las palabras suenan falsas después de perder las formas… con esa niebla hogareña te serviste una copa; para mí, mi libro. Tú encendiste la tele, yo me quedé dormido.




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